Les cuento sobre mi salida a la montaña.

Partiendo de BUE, estoy llegando el domingo 14 de agosto a SMA en un día despejado, con una gran vista del Volcán Lanín, en mi bolsillo llevo todos los mails que me acompañarán es esta aventura. Pablo y Ceci están esperándome en la terminal y me llevan al hotel. Después de un merecido baño tras 22 hs de viaje voy a su oficina y conozco a mis compañeros de travesía, Karina y Martín, junto a nuestro guía Férnan. Luego del chequeo de equipo, vamos a cenar a un restaurante en la costa del Lago Lacar y nos acostamos temprano.

Son las 6 am y con todo muestro equipo y nuestra ansiedad sobre la 4x4 estamos camino al Lanín. Las estrellas brillan y todo augura una jornada ideal . . . pero cuando el sol comienza a dar sus primeros reflejos, las nubes lo cubren todo, la temperatura baja abruptamente. A medida que  nos acercamos a nuestro objetivo comienzan a caer pequeños copos, que al transcurrir los minutos se convierten en una nevada cerrada y copiosa.

El camino se pone difícil, no podemos ver las márgenes del mismo, todo es blanco, avanzamos muy lentamente, el viento comienza a arreciar en ráfagas y el limpiaparabrisas no da abasto para dejarnos ver el camino.

Por fin llegamos hasta el puesto del guardaparque. Todas las montañas a nuestro alrededor desaparecieron, la visibilidad es casi nula. Férnan, nuestro guía junto a Pablo recorren los alrededores, y la noticia no se hace esperar. En estas condiciones no se puede subir.

Decidimos esperar por un cambio de clima. Pero tras dos horas la presión desciende aún mas y la nevisca empeora. Si no salimos rápido de allí vamos a que dar todos atrapados ya que el camino de regreso se cierra al ponerse intransitable.

Con el dolor inmenso de un objetivo que se escapa emprendemos el difícil regreso hacia San Martín. El humor no es de lo mejor, pero entendemos las circunstancias.

Cerca del medio día estamos en la oficina, hay un cambio de planes, decidimos hacer una travesía de cuatro días en la zona del Chapelco Grande, ubicado al oeste del centro de esquí. Para tal fin cargamos un poco mas de equipo, entre ellos los esquíes alpinos.

La camioneta nos lleva hasta que no puede ascender mas debido a la nieve, así que con nuestras mochilas de 80 litros en nuestras espaldas nos calzamos los esquíes y comenzamos el ascenso por el camino.

Los primeros tramos se hacen fáciles hasta que no hay mas sendero y comienza la nieve profunda. Nos internamos en el bosque con sus ramas cargadas de nieve, donde el silencio es interrumpido por el viento que comienza a soplar. Tenemos algunos descensos vertiginosos y otros ascensos muy pronunciados.

Tras cinco horas de travesía la nieve ya alcanza los 2 metros de profundidad, y nuestro destino está cerca. Y como en una visión largamente esperada aparece el refugio en un claro del bosque, al borde de una pendiente que termina (según Férnan) en el lago Lacar, el cual no puedo ver por la nevisca cerrada que está cayendo.

Es un lugar construido por uno de los propietarios de la zona para sus travesías,  y cuenta con un hogar a leña y una salamandra las cuales nos encargamos de activar como primera medida.

La noche está cayendo y Férnan prepara unos fideos con salsa y de postre Mantecol con barras de chocolate. Lentamente nos vamos metiendo en nuestras bolsas de dormir y el sueño nos envuelve sin darnos cuenta.

En la mañana despierto y me sorprendo al ver dos de las ventanas tapadas de nieve, la acumulación sobre el lado que soplaba el viento iba mas allá de la visión que teníamos desde el interior. Y afuera sigue nevando, y nevando y nevando.

Luego de un opíparo doble desayuno, nos vestimos para enfrentar el exterior y chequeamos nuestros esquíes (los esquíes alpinos tienen las mismas tablas que los que se usan normalmente en las pistas, pero se le colocan unas llamadas pieles de foca en la parte inferior que impiden que se resbalen hacia atrás para poder subir la pendiente sin problemas, y las fijaciones son especiales para dejar libre el talón en las subidas y fijarlo en las bajadas).

La idea es hacer un reconocimiento de la zona y ver la posibilidad de escalar cascadas de hielo. Para esto llevamos en nuestras mochilas los grampones y piquetas

Nuestro recorrido transcurre por un bosque de pehuenes y lengas con sus ramas arqueadas por el peso de la nieve, pasamos por un mallín, que está totalmente congelado y parece un estadio ya que carece de vegetación y es como un oasis en medio del bosque.

Luego de tres horas, la idea es encontrar otro refugio que está en los mapas para comer algo y seguir, pero la acumulación de nieve es tal que prácticamente está enterrado bajo dos metro y medio, podemos acceder a el luego de desbloquear la puerta, pero Férnan nos aconseja no quedarnos ya que debido al peso que está soportando sobre su techo a dos aguas, las maderas están cediendo y no es seguro.

Improvisamos una picada con salamines, queso, pan, barras energizantes y mantecol y a seguir. No podemos estar mucho tiempo estáticos ya que el cuerpo se enfría muy rápidamente.

Comienza la trepada mas empinada. Nos enterramos mucho en la nieve en polvo, debemos realizar innumerables zigzag para poder coronar la cumbre. Pero de pronto comienzan a caer bolas de nieve rodando por la ladera del tamaño de pelotas de tenis, se empiezan a incrementar, ya son muchas y del tamaño de pelotas de fútbol. Nos protegemos tras los troncos de los árboles para que no nos manden ladera abajo. Férnan saca una vara especial que clava en la nieve para analizarla, y se da cuenta que hay dos estratos de nieve superpuestos y no están unidos. Esto significa avalancha posible. Tenemos que salir de ahí.

Bajamos mucho mas rápido de lo que hubiéramos deseado, apedreados por las bolas de nieve, pasándole muy finito a los árboles en nuestro descenso. Evidentemente por este camino no va a andar.

Comenzamos a rodear la pendiente para buscar otro paso que nos pueda llevar a la cima, hasta que creemos encontrarlo, pero el camino es muy largo y la noche se nos está por venir encima, así que decidimos volver e intentarlo por allí el día siguiente.

La vuelta se hace mas relajada, disfrutando el descenso entre nieve casi sin consistencia. Entonces el guía me dice: “dale Alfred, quitale las pieles de foca así bajás mas rápido”, dudé un poco, pero poco después estaba disfrutando del vértigo de bajar muuucho mas rápido esquivando pehuenes, hasta que oigo a Férnan (que iba delante) gritarme: “cuidado que la superficie está congelada!!!”, . . . qué superficie?,  y al mejor estilo Holliday On Ice  estoy bajando a mil sin control ni dirección, con tanta mala suerte que un árbol se me cruza en el camino. Ouch#@!!

Los que vieron de afuera, me cuentan que fue al mejor estilo comic, pues impacté de lleno con un brazo y una pierna a cada lado del robusto entrometido, luego seguí unos metros hacia abajo, y solo recuerdo cuando me vinieron a desatar del nudo que era entre la mochila, los bastones, los esquíes y mi humanidad. Sin consecuencias graves, algunos machucones y mi orgullo vapuleado.

A última hora de la tarde llegamos a nuestro refugio, y elijo poner mi bolsa de dormir al lado de la ventana para ver a nuestras amigas las liebres patagónicas, cuyas pisadas están por todas partes. Ni bien se hace la noche después de cenar y apagar las velas, comienzan a aparecer, muy curiosas, pero atentas al menor ruido. Ellas permanecen a un metro del refugio, trato de observarlas todo el tiempo posible, pero el sueño puede mas, y me llevo esa imagen como último recuerdo del día.

Paró de nevar!!!, me asomo por la ventana y el paisaje que se presenta es soñado, ver a las nubes desde arriba que dejan asomar entre sus grietas al lago Lacar, rodeado de picos blancos. Y por primera vez tomo real conciencia de la geografía del lugar, pudiéndome perder con la vista en el horizonte, tan inexistente en días anteriores.

Vamos a aprovechar el día. Así que salimos temprano para alcanzar las cascadas por el camino largo y poder volver antes del anochecer.

Arribamos sin problemas hasta el punto que llegamos el día anterior, y continuamos por un sendero con una suave pendiente. Tenemos que vadear un arroyo, y debido a la nieve acumulada se había creado un puente natural el cual cruzamos de a uno para que no se derrumbe.

Seguimos toda la mañana hasta que tras una trepada empinada se nos presenta una pared de roca de unos 150 metros de la cual penden cascadas congeladas semejando la cabellera platinada de una anciana. Estamos en la zona, pero debemos subir para alcanzarlas. Así que seguimos subiendo por una pendiente mas dura y con menos vegetación para llegar al filo que nos llevará a nuestro objetivo.

La primera notificación de que algo estaba cambiando fue una fuerte ráfaga de viento que nos golpeó cuando estábamos por llegar al filo. Inmediatamente vimos venir una cortina blanca que lo tapó todo. El viento rugía de tal manera que teníamos que gritar para escucharnos. Nos guarecimos en una saliente de roca, pero no sirvió de mucho, la visibilidad se convirtió en nula, se creaban remolinos blancos que se elevaban por encima de las copas de los árboles.

Decidimos realizar un descenso sin esquíes a un bosquecito mas abajo hombro con hombro para no perdernos. Al llegar, la furia de la tormenta no se sentía tanto, así que vamos a comer algo y ver si pasa el mal tiempo.

Una hora después, y estamos volviendo, ya que tal cual el primer día, desapareció todo contorno, toda profundidad, no se ve mas allá de 5 metros, y caminar por el filo en estas circunstancias es mas que peligroso.

A medida que descendemos, el viento blanco deja de tener efecto, pero la nevada es muy cerrada. Así que no queda mas que regresar para tomar unos ricos mates al costado de nuestro hogar a leña. En el trayecto de vuelta, caídas, risas, confesiones y buen compañerismo hacen de este día una jornada con muchas vivencias que quedará en mi recuerdo.

Noche cerrada. El concierto del viento se siente en toda su magnitud, ejecutando todas sus notas y salpicando de blanco los rincones de las ventanas hasta convertirlas en claraboyas, desde donde puedo ver la maravilla de la naturaleza, e invita mis sentidos a caer lentamente en esa mezcla de inconciencia y realidad la cual es sorprendida por el sueño.

Despertar del último día. Todo está en calma absoluta. Me levanto muy temprano y doy un paseo por los alrededores del refugio para llevarme en mi mente y mi corazón las postales que me rodean. Sigo las huellas de una liebre que se internan en el bosque hasta que mi peso me hace hundir hasta las rodillas. Tiempo de volver y comenzar a preparar la mochila para el descenso.

Un buen desayuno, acondicionamos el refugio para dejarlo tal cual lo encontramos, y a media mañana comenzamos el descenso final.

Pasamos por lugares conocidos, con nieve polvo que invita a disfrutar de este colchón natural. Intento seguirlo a Férnan, pero me es difícil, se me escapa con su buen manejo de las tablas. Tengo que hacer giros amplios por el peso de la mochila mientras que el los realiza bien cerrados.

En la base nos esta esperando Pablo con su camioneta, en la que cargamos todo y emprendemos el camino a SMA.

Fue una experiencia excelente, y aprendí muchísimo, conociendo personas divinas y gozando de este contacto íntimo con la naturaleza tomándome mi tiempo.

Luego me quedé unos días a esquiar en Chapelco, pero eso,  . . . eso es otra historia.

Alfredo Moyano