La maratón de Río
de Janeiro, 2007
La idea, brillante,
fue correr la maratón de Río de Janeiro en nuestro pleno invierno. “Maratona do Rio” decía
No, nadie podrá
acusarme de sacrificado por haber corrido una maratón en una de las ciudades
mas bellas del mundo. Cambiar el invierno de Buenos Aires por el invierno
Carioca, cerca de treinta grados, mar y deliciosas playas para el reposo
posterior al esfuerzo.
Decía Vinicius de Moraes seguramente no
refiriéndose a las carreras, “las feas que me disculpen, mas las belleza es
fundamental”
Así empezó, y el
objetivo explícito era el de bajar las 4 horas para esos benditos 42km.
(objetivo reiterado nunca cumplido).
El disparador fue
una media maratón en Rosario con tiempos esperanzadores, el entrenamiento se
enfocó en Río de Janeiro.
En Buenos Aires la
última fue una semana de mucho frío y mucha pasta; solo fideos, ravioles,
cintas, fuchile, caseritos, sorrentinos,
agnolottis. Al llegar a Río a agrego a la monodieta frutas locales, siempre aromáticas, dulces y
maduras y me dejo atraer en especial por una delicia del Amazonas: el Açaí, una pequeña bolita oscura, violeta, con valores
energéticos descriptos con énfasis en las revistas de nutrición y turismo; 20
veces mas nutritiva que la leche y 45 veces mas hierro que la carne, 79 veces
mas sodio que
Nunca entenderé
–entre tantas cosas que no entiendo- por qué la matemática y la maratón no
coinciden. Si correr carreras es una ecuación de tiempo por distancia, por qué
la maratón como expresión máxima de esa igualdad jamás resulta previsible.
Nunca pude correr una maratón en el tiempo previsto, siempre fue una sorpresa,
un tiempo sin control para una distancia misteriosa. ¿Será por eso que la
quiero tanto?
Río de Janeiro,
domingo 24 de junio de 2007. Nublado, brumoso y baja presión. El sol sale por
un horizonte desdibujado por líneas de nubes. Las cumbres de los morros lejanos
surgen en medio del horizonte marino como suspendidos en el aire.
Son poco mas de las
siete y la temperatura llega a veinte grados.
La maratón comienza
puntual. El recorrido es costero en casi su totalidad. El mar a la derecha,
plácido y reiterativo en su tímido ir y venir. La mata atlántica, lago, parques
y la “reserva”, un área de preservación ambiental hoy considerada una reliquia
en Río, a
Durante los
primeros km, como siempre, disfruto, razono, me
deleito con paisajes, personajes y todas las situaciones que se dan dentro de
una maratón. El negro que, descalzo y disfrazado de indio corrió los 42km. El
escocés corriendo con kilt. Cumplo mi objetivo previsto, voy a la velocidad
preestablecida. Todo debería salir tal como lo preví, tiempo por distancia,
yendo a esta velocidad llegaría unos minutos antes de las cuatro horas a la tan
deseada meta. Me sentía glorioso llegando en el tiempo previsto, batiendo mi
propio record y emocionado el ojo izquierdo lloraba por adelantado. Pero claro,
faltaba aún más de la mitad de la distancia…
Cinco, diez, quince
kilómetros y el tiempo era impecablemente el previsto.
Las maratones
populares son, mientras dura la carrera, espacios sociales. Algunos corredores
hablan otros contestan, muchos escuchan. Corren amigos, conocidos y se conoce
gente. Algunos con objetivos similares. Así transcurrió una buena parte de la
carrera hasta pasada la primera mitad, en ese lugar se abandonó la
sociabilidad, el divertimento y comenzó la lenta construcción de la famosa
pared que se erige en el kilómetro 30 que cuesta varios abandonos. Llegué a la
mitad de carrera con un minuto de demora respecto de mi tiempo teórico, mala
señal. Dejamos Barra de Tijuca y subimos a una
autopista con pendiente hacia la mata atlántica, hemos cambiado un paisaje de
playa por una autopista, un claustrofóbico túnel, y una zona no tan bella con
pendientes, urbana. Playa de Sao Conrado, no tan de ensueño como las que
vendrían luego.
La llegada era
cuestión de nada.
Solo importaba
llegar.
Llegué.
Fin. Junto a la
llegada, el final, siempre hay gente, desconocidos que aplauden y emocionan.
Hay, también, un cúmulo de sensaciones, sentimientos, expresiones del cuerpo y
el alma que van del sentir heroico, la epopeya, el alma pletórica, el cuerpo
agotado y el ya nada importa, que convulsionan. Los desconocidos aplauden y el
alma llora, siempre pasa.
Es el fin,
finalmente, algo nunca aceptado, pero que por ese instante es el fin.

Pasando por Ipanema, foto de Cristina Vilardebó
En un local de Poli
Sucos (Poli Jugos) tomando el tremendamente rico y energético jugo de Açaí
(léase Asaí).
Todo llega,
finalmente todo llega…
Fernando Vilardebó
Julio 2007
Fvilarde@fibertel.com.ar