Cross Running team en Palermo

 

 

La mañana del 22

 

Otra mañana fría y con amenaza de lluvia. Me animé a ir a una carrera en los alrededores del Rosedal que comprendía un recorrido de 7 km por lugares que a los Correrayuda son familiares: cuestas de Dorrego, el Ciervo, las pasadas sobre Figueroa Alcorta hasta Sarmiento, el kioskito, las Palmeras.

 

Mientras me acercaba al punto de partida escuchando música inspiradora para no perder la emoción por el frío que hacía, me alentaba saber que podía hacer una buena carrera. Si, tal vez no es una de esas que organizan con murga a la llegada, con control de tiempos entre cada kilómetro o los afamados arcos que le dan un toque de glamur a las competencias que estamos acostumbrados a participar, o tal vez el costo de la inscripción; que me hizo recordar la primer carrera que hice cuando aún no conocía a los Correrayuda.

 

Obviamente no esperaba ver muchos participantes, pero igual un número de corredores con quienes podía medirme. Me dije, ¿porqué no? Tengo posibilidades de hacer un buen papel. Claro, sin subestimar a los contrincantes. Pero el espíritu deportivo, las ganas de mover las patas, de transpirar, de saber que hay que hacer un esfuerzo para medirse a uno mismo serían los condimentos suficientes para comparar el gran festín que mis amigos se darían en el cumple de los Profes. El asado y los postres los envidiaba, pero sabía que tendría a una digna representante a la tarde: mi amada esposa Delia. Que dicho sea de paso, aprovechó muy bien el plato que más me gusta, el postre.

 

En fín, comenzó la carrera. A darle despacio, en negativo para aguantar al final. Ya que era un recorrido donde habría cuestas. Consejos profesionales y acertados.

Primera cuestita, justo atrás de la fuente está la primera, que cualquiera diría “no hay problema, esta me la paso fácil”. Pero gran sorpresa, al llegar al final de esa cuestita ya veía pasar a los primeros y tan solo eran ¡¡40 metros!! de inicio. A darle tranqui que esto recién empieza. Levanté la mirada antes de llegar a la esquina de Dorrego y me doy cuenta que un jovencito me pasa como rayo, pero para mi consuelo no era ni Pedrito, ni Nacho ni Juan. Al dar la vuela en Dorrego vi delante de mí frente a la puerta del GEBA al puntero y otro cuate que se interponía entre nosotros. Seguimos tranqui, comenzando a tomar el paso.

Al darme cuenta, ya estaba frente a la puerta del GEBA y pasando al que estaba en segundo lugar y tan solo eran 200 metros, mas o menos. Fijé la mirada y ya veía al puntero. ¡Qué chamaco! Ni les digo cuánto me sacaba pero lo veía a lo lejos. Está bien, no hay problema “mijo”, te veo en la llegada.

 

A partir de ese momento sabía que dependía de mi esfuerzo por mantener un segundo lugar. ¿Llegaré? ¿aguantaré el ritmo? ¿y si me pasan? Ni “maiz”, no me voy a dejar de cualquier pelado.

 

Más adelante sobre Alcorta me topé de frente con Anita Wulff. Sorprendida de verme me gritó “¿estás corriendo?” y yo con un lamentable quejido le respondí que siiiiiiiiii. No sé si me escuchó. A darle. “¡Órale güey! No te rajes que ya estás en esto” me dije medio angustiado porque le estaba dando pata y veía que frente a mi estaba la primera cuesta.

Me acordé de los entrenamientos y no creía que fuera a doler tanto al subir las patitas para darle la vuelta el Museo y al Ciervo. Quienes señalaban el camino alentando como siempre. Es bueno que te alienten. Me acordé de todos los correrayuda que me alientan durante las carreras. Eso me dio ánimo de continuar con el paso.

De regreso de las cuestas me pasó algo inesperado y burdo: me desorienté. No sabía por dónde tenía que ir. “¡Uy! ¡qué pel....o.........¡maestro! ¿por dónde tengo que tomar? Ya después de hacer unos cuantos metros extras regresé al circuito.

 

Segunda vuelta del recorrido.

Ya no veía al flaquito que estaba en primer lugar y eso me puso nervioso. Comencé a sentir la presión de ir al frente. Me quería morir. No tenía referente para mantener el paso y encima, cuando paso uno de los puntos donde estaban los organizadores me gritan, “dale que le llevas mucho al que viene detrás de ti”. ¡Me lleva! Sentí que me pusieron un par de piedras en las piernas. No creí que esos comentarios me pegaran e hicieran que la segunda parte de la carrera fueran casi eternas.

Me vi tentado ver hacia atrás para medir donde venía el tercero. Pero no, no quiero caer en la tentación. Será algo sangrón de mi parte, pero cuando veo a los competidores, incluso esos profesionales que ven hacia atrás no me gusta. Creo que estoy casado con el pensamiento y tiene en cierto sentido un significado en mi vida: “no mirar atrás”. No importa que ya casi no pueda dar un paso más. Solo quiero llegar a la meta.

 

Para este entonces de este relato, ya estoy frente a las Palmeras, donde hacemos nuestras estiradas después de la entrada en calor. No puedo más, “¡se me está acabando el combustible!” Otra vez, las cuestas. Las encaré con todo mi corazón y con un yunque en cada pierna. En eso, veo bajar al flaquito que venía delante de mí. “¡Por Dios, casi chocamos!” Me acordé de un correrayuda que tiene un secreto para sacar a los corredores de la competencia. (Je, je, je. Ñaca,ñaca) Pero lo dejé pasar.

 

“Acá empieza la carrera”, en los últimos 400 metros.  De re-ojo, alcancé a ver una remera naranja, era el que venía detrás de mí, pero como la carrera recién empezaba, en el Ciervo atiné a levantar mi voz y decir: ¡%&#”?/#$! Lo vas a lograr hijo de la /&%$#”?. Bueno, fue una palmadita en la espalda para darme ánimo, fuerza y aguante.

Aflojé las piernas y con gran alegría crucé la meta.

 

Un Correrayuda más en una mañana fría y lluviosa.

Joel Mejía