Maratón 2006

Hace ya más de 20 años que corro, pero nunca tanto ni tan rápido como en estos últimos 25 meses, desde que empecé con correrayuda.

 

Hasta no hace mucho tiempo pensaba que una maratón ya no era para mí, pero la cabeza me empezó a cambiar en la carrera del año pasado, cuando acompañé, en bici, parte de la carrera de Méndez y sus dos laderos, vamos y VAMOS. Ahí sentí que algo me picó, ese bicho de la locura compartida que sólo se puede entender desde adentro ( ¡Vamos Dryden todavía!).

Volviendo a este año, y siguiendo el Perotti plan, empecé con los entrenamientos y seguí... con los entrenamientos, los fondos, las carerras, los fondos, los entrenamientos....

Hay momentos en que el proceso se hace duro, pero están las satisfacciones que uno va consiguiendo a medida que el entrenamiento se hace más intenso, sostenido, constante y divertido, sobre todo por esos fondos inolvidables de los domingos, con las anécdotas de Claudio, y el acompañamiento de Luli, Inés, Mario, nuestro cuatacho Joel, Julio, Alejandra Z., la espera del taxi que trae al capitán Banchero para salir temprano, y a muchos otros que nos fueron acompañando esos fines de semana.

 

La carrera:

La movida que se armó para la maratón en el grupo fue extraordinaria, desde Alfred con sus planillas, los asistentes en bici y a pie, los corredores, el video, los pronósticos del tiempo, y las infructuosas gestiones para modificarlo; el aliento de todos y, por supuesto el de los profes. Todo iba contribuyendo para que la ansiedad y las ganas de correrla fueran en aumento.

 

Y llegó el domingo 29 de octubre.

El pronóstico se cumplió y llovía, pero a estas alturas eso ya no era importante.

Esa mañana ( ¿o sería mejor decir madrugada?) había puesto el despertador para las 4.30hs, pero ya a las 4.00 salté de la cama. Desayuné según la rutina para las carreras, hice todo lo que había que hacer antes de salir y allí fui, a River, a la esquina de Zulemita.

Fuimos llegando todos los que corríamos. Luli me dio el cartelito con mi nombre y el de Correrayuda, después nos ubicamos en la largada y a las 7.00 en punto se largó la carrera.

En la salida ya había perdido a los que suponía iban a hacer mi ritmo (Yiya, Hugo Elías, Jaime, Patricia y alguno más que no recuerdo), y unos metros adelante iban los que estaban unos 10/15 segundos más rápido que yo: Claudio, Julio, Luli.

En algún momento en esos primeros km. corrí junto a Cecilia Ferreira, pero después la perdí.

Yo me sentía bien, estaba haciendo mi tiempo,(alrededor de 6.00 m el km), la lluvia molestaba un poco (sobre todo por mis lentes), pero no era lo suficientemente intensa como para que hiciera más difícil la carrera.

En el km. 5, al pasar por nuestro conocido Rosedal, aparecieron los asistentes, que después como nos siguieron acompañando durante toda  la carrera.

Yo seguía corriendo, viendo gente de muchos países: Uruguay, Perú, Chile, Brasil, Lanús, Vicente López, Belgrano, etc.

Había de todo tipo de gente:

Altos, bajos, gordos, flacos; mujeres espectaculares y de las otras, algunos que veía  y me preguntaba cómo éste puede estar corriendo acá, o tantos otros que se notaba con mucho entrenamiento encima, gente grande (uno que pasé en un momento decía que esta era su maratón número 34!).

Iban apareciendo los Correrayuda, a lo largo del camino, que hacían más placentero el recorrido, los ángeles (sobre todo LAS ANGELES), alentando con todo, bajo la lluvia.

Mis sensaciones iban cambiando, cuando llegué al km 21 (donde estaba el único reloj de la carrera), me dije: ¡Uy!, ya hice la mitad, vamos Carlitos que ahora empieza la vuelta y ya es por un camino más familiar.

Al llegar al km 31 me emocioné, sentí que podía terminar la carrera y que iba a poder completar mi primera Maratón. Al mismo tiempo  mis piernas se iban sintiendo cada vez un poco más, y empecé a ser totalmente conciente de ellas ya en Ciudad Universitaria, donde empezaron a hacerse de a poco,  más pesadas.

Un rato  antes, en Costanera, me había encontrado con mi tocayo y coetáneo Carlos Nasep, fanático de la primera hora, alentándome con muchas ganas y acompañándome en bici un buen trecho.

En Ciudad Universitaria el portón desde Costanera estaba abierto y el recorrido conocido ayudaba a realizarlo.

Vamos que ya estás, me decían.

Finalmente llego al puente de Udaondo.

¡Que difícil se hizo esa cuesta de la que tantas veces habíamos hablado los Domingos de los fondos!

Pero ahí me encontré a otra ángel: Dalma, que gritando: ¡Vamos Carlitos!, que faltan 50m para el cono, me acompañó como 300m, logrando que todos los que estaban cerca, corredores y espectadores, gritaran :¡Vamos Carlitos!.

¡Gracias Dalma!

Y así llego a la puerta de River, veo ese cartel que dice: Faltan 100m, entro al estadio con ganas de llorar y me digo: no podés, si llorás acá no vas a llegar, así que con el llanto de alegría contenido, paso la meta, y enseguida escucho el aliento de los profes y de todos los que estaban ahí, saludando, los saludo como puedo a través de las vallas y sigo caminando, con una alegría inmensa, indescriptible, compartida.

 

Algunas cosas que también descubrí en este período de entrenamiento y carrera:

 

“Siempre se está a tiempo para debutar”

(cita de Julio Corzo).

 

Llegar; llegar entero y disfrutar la llegada, el fruto del esfuerzo de tantos meses, me parece extraordinario. Es tener la satisfacción de un camino recorrido y de otros por correr.

 

Agradecimientos:

Sobre todo a los profes, con sus ganas y su estilo lograron algo que pensé que ya no era para mí.

A mi esposa, Silvia, que se bancó todos mis entrenamientos.

A todo el grupo, por el gran acompañamiento, el entusiasmo, el aliento.

A Gabriel (Chispita), mi cuñado, gracias a él, que me hablaba con mucho entusiasmo del grupo de Marcelo Perotti en las reuniones familiares, hasta que logró que, en septiembre de 2004 me acercara a la ya mítica esquina de Malabia y Santa .

 

 

 

Baños…

En algún folleto de la organización de la carrera decía que habría baños en los km. 8, 15, 25, 35. De esos no ninguno, pero durante buena parte de la Maratón había gente que se desprendía del resto de los corredores para reconocer una columna (especialmente visitadas las de la Recova del Bajo) o algún árbol añoso…

 

Carlos Selener