Maratón de Buenos Aires 2006

Por Marcelo Lopez

 

“Mirá que se viene el relato” amenacé promediando la maratón, y en el fondo todos estaban esperando que lo dijera o que me acordara de cada detalle para volcarlo luego en un texto que nos hiciera sonreir un rato.

En realidad, la maratón ya había comenzado el día anterior en la Expomaratón donde nos reunimos para retirar los números. Desde ese momento percibí que éramos un equipo de Correrayuda que participaríamos y representaríamos a otros tantos compañeros que nos alentarían y estarían pendientes de nosotros todo el tiempo.

Ese mismo espíritu de grupo, de apoyo solidario sin especulaciones ni competitividad volví a sentirlo en la mañana del domingo, bajo una fina llovizna entre abrazos y sinceros deseos de muy buena suerte.

Así largamos, nerviosos y de muy buen ánimo, recorrimos los primeros kilómetros tratando de acomodarnos al paso que debía ir cada uno sin perder la referencia de los compañeros que tendrían que estar cerca. La lluvia no cesaba y los cartelitos con los nombres de cada uno iban cayendo y quedando en el asfalto como documento de haber pasado por allí. En el rosedal nos esperaba un escuadrón de bicicletas con nuestros asistentes que aguardaban nuestro paso. Cuando me encontré con Dante, mi padrino de carrera, no pude más que reírme, tendrían que haberlo visto con carita de desorientado debajo de esa gorrita tapado por un piloto gigante. Con él también salió Alfred, que asistió a Julio y Carlitos Guerra, con look de ciclista, acompañando a Inés.

En Avenida del Libertador se nos sumaron Ale y Juan, que asistieron a Cecilia Ferreira y así se completó el tandem que corrimos juntos y parejitos hasta el kilómetro 30. En contraposición de lo que pasaba más atrás con Yiya, aquí éramos tres hombres (Julio, Claudio y Luli) custodiando a una sola mujer, Cecilia. Recibimos el cálido saludo de Nancy, la paraguaya, y seguimos nuestra marcha con un poquito de retraso, pero tranquilos por saber que estábamos haciendo las cosas bien.

Recorrimos el bajo, la zona del obelisco y Plaza de Mayo los cuatro siempre juntos con un ritmo un poquito mejor, encontrando el paso que habíamos salido a hacer. A Inés la teníamos siempre ahí adelante como indicándonos el camino. Llegamos a la Boca y Julio le hizo la presentación del estadio a Ceci que no tenía ni idea de cómo era la Bombonera. Después de recorrer esas callecitas tan pintorescas salimos a la costa del rio y allí encontramos el arco de los 21 km recorridos cuando promediábamos las 2 horas de carrera. A partir de ese momento empezamos a ver con otros ojos a nuestros asistentes, queríamos saber dónde estaban y si estaban pendientes de nosotros. Comenzábamos a necesitarlos. Hasta ese momento todo había sido muy entretenido. Los asistentes nos fotografiaban y nosotros continuábamos con la misma buena onda del principio, haciéndonos chistes e hidratando en cadena: salía una botella de una bici, tomaba Ceci, se la daba a Claudio que bebía y se la pasaba a Julio que hacía lo mismo y me la entregaba para que hidratara y comenzara la vuelta otra vez hasta la bici, todo muy prolijito, como ensayado.

Pasó la etapa de los geles, Power, Push, Exceed- y por los residuos descubrimos que quienes iban más adelante habían coincidido con nosotros en qué momento consumirlos. La costanera sur se hizo larga, pero les anticipé a mis compañeros que tendría apoyo logístico al salir de esa zona y con esa premisa en mente el aburrimiento se pasó más rápido. Al entrar en Alicia Moreau de Justo les pedí a mis compañeros corredores y asistentes que me ayudaran a encontrar a mis viejos que había prometido estar presentes a pesar de la lluvia. Y no hizo falta mucho esfuerzo para verlos. Con enormes carteles sobresalían de la multitud “Vamos Luli” y “Fuerza Luli” mientras gritaban con alegría y emoción inocultables sus diez segundos de aliento al verme pasar. Pero mi viejo no se resignó a tener solamente diez segundos para mí después de haberme esperado más de una hora, y con paraguas en mano y cartel en la otra, me acompañó corriendo cien metros, mientras Dante nos sacaba fotos desde la bici y todos alrededor, corredores y público, aplaudían y vitoreaban el gesto. Un momento muy emocionante e inolvidable. Terminado el momento de gloria de “Don López” como le gritaban de todos lados, seguimos corriendo impulsados por el envión anímico que nos había dado el encuentro, no sólo a mí sino también a mis tres compañeritos. Y cuando ya volvíamos a la normalidad y nos relajábamos de aquél encuentro nos avisan “Familia Ferreira a la derecha” y allí estaban los Ferreira en pleno, alentando a Cecilia a toda voz y con muy buena onda, y nos prendimos todos en el aliento y nos hicimos cargo también de los aplausos. Festejo por aquí, festejo por allá, el recorrido por Puerto Madero fue muy emocionante.

Pero se terminó Puerto Madero, se terminó el festejo, y comenzaron a terminarse también mis piernas. El kilómetro 30 se hizo presente y el fantasma del “muro” estaba rondando la zona del puerto, tanto que hasta me asusté viendo a una chica con un piloto negro hasta el piso con la capucha puesta y mirando el suelo, sólo le faltaba la guadaña, pero cuando levantó la vista supe que no era y seguí aunque mis compañeros de carrera comenzaban a alejarse de a poquito.

Comenzaba a necesitar de mi asistente más que nunca y justo en ese momento no lo encontré. Nunca supe dónde estaba Dante en ese momento y allí apareció Juan Parano primero y Ale Clarizza después para socorrerme con un repugnante Power Gel  de vainilla que apenas pude probar.  Al rato apareció el tano y se puso al lado mío, como Sancho Panza, hasta el final.

Lo que sucedió desde el kilómetro 30 hasta el puente Labruna fue un poco monótono y aburrido. Mis compañeros se habían distanciado definitivamente y yo ya había decidido mantener un ritmo lento para evitar acalambrarme en los kilómetros finales. Lamenté perder el contacto con Ceci, Claudio y Julio, pero seguir su paso hubiera significado arriesgar la seguridad de mi llegada y la frustración por no haber podido conseguir el logro para el que entrené durante cuatro meses hubiera sido muy grande.

Así, con la situación resuelta en mi cabeza, continué trotando y tratando que mis piernas tuvieran también todo controlado. El recorrido por Aeroparque se hizo infinitamente más largo que el que hacíamos en el fondo de los domingos y la Ciudad Universitaria parecía que la hubieran agrandado el sábado a la noche, no se terminaba más. Pero por suerte tenía siempre a mi lado a Dante, que me alentaba y mentía alevosamente aprovechándose de mi falta de respuesta. “Estás haciendo un carrerón”, “qué buen ritmo que llevás, vieja”, “dale que ya llega el 39 y terminás” mientras hablaba por celular a Marga, mi mujer, que me esperaba en River viendo como iban llegando todos los Correrayuda.

Así ví pasar a Hugo Elías, de muy buen humor como siempre, y a mi compañero de fonditos domingueros Carlos Selener y la sensación que tuve fue de satisfacción de saber que les estaba yendo tan bien, independientemente de saber que yo debería estar delante de ellos, y con esto quiero significar lo que dije al comienzo, el espíritu de equipo no era competitivo sino representativo de un gran grupo como lo es Correrayuda.

Resultaba difícil no impacientarse por llegar, pero algunas contracturas pasajeras volvían a llamar la atención y a hacerme mantener la calma. Con el puente Labruna a pocos metros disminuía la fuerza física pero se agrandaba la emocional. El tano me acompañó también en el puente hasta que el espíritu Banchero se apoderó de mí y Pablo Salgado corriendo hacia atrás logró que terminara la subida. Dante se despidió como un grande y me dejó solito en la bajada para que terminara o me desbarrancara hasta el final. Pero allí apareció Gastón Velásquez y Dalma con sus ensordecedores gritos de aliento y la arenga pública para que me alienten, y la gente que respondía al grito de “Vamos Luli!”, increíble.

Dalmita y Gastón parecían los anfitriones de un programa de TV. Me condujeron hacia la entrada al estadio anticipándome cuánto faltaba y hacia dónde debía ir. En la puerta otro grupo de amigos entusiastas entre los que distinguí a Mariana, Gabriela, el poio Sequeira vivaban mi nombre como si fuera primero. Llegué a la pista de atletismo del estadio y la sensación de correr sobre esos andariveles naranjas, que me conducían a la gloria final del arco de llegada, fue indescriptible. Traté de alejarme un poquito del grupo de corredores que me antecedía para ser más fácil de visualizar por quienes me esperaban, me saqué la gorra para que me reconocieran y comencé a elevar mis brazos al cielo en agradecimiento y como señal de victoria metros antes de la línea final.

Con ojos vidriosos descubrí rápidamente las sonrisas de Marga, Perotti, Vero, Laura, Nati y de repente apareció Lucía, mi hija menor, que me tomó de la mano y me acompañó los pocos metros finales. Con la fuerza que solamente me pudo haber dado la emoción y el amor por ella, la alcé y le dí el beso más fuerte que haya recibido en los últimos tiempos. En él iba todo mi agradecimiento hacia todos y cada uno de los que hicieron posible que haya conseguido alcanzar este gran logro, un sueño cumplido.  

 

 

 

 

Gracias a todo Correrayuda.

Y algunas menciones especiales sin desmerecer a nadie:

 

A Marcelo Perotti y Vero, por prepararnos para cumplir este sueño y hacernos sentir campeones a todos por igual.

A Dante por acompañarme incondicionalmente y poder contar con él cuando más lo precisé.

A Claudio Quesada porque aunque no llegamos juntos estuvimos conectados desde el primer entrenamiento.

A Keko porque siempre estoy con él, aunque no tenga remera con su nombre lo llevo tatuado mucho más adentro.

A Cecilia, a Julio, a Martín, a Inés y a todos quienes compartieron algunos kilómetros de este desafío a mi lado.

A mi familia que fue gran protagonista de esta historia.

A Atilio por proponer un brindis de agradecimiento a todos los asistentes.

A todos los que se pusieron los cartelitos aunque les hayan durado 500 metros (tengo copias)

 

Gracias

Luli