Por Marcelo Lopez
“Mirá que se viene el
relato” amenacé promediando la maratón, y en el fondo todos estaban esperando
que lo dijera o que me acordara de cada detalle para volcarlo luego en un texto
que nos hiciera sonreir un rato.
En realidad, la maratón
ya había comenzado el día anterior en la Expomaratón donde nos reunimos para
retirar los números. Desde ese momento percibí que éramos un equipo de
Correrayuda que participaríamos y representaríamos a otros tantos compañeros
que nos alentarían y estarían pendientes de nosotros todo el tiempo.
Ese mismo espíritu de grupo, de
apoyo solidario sin especulaciones ni competitividad volví a sentirlo en la
mañana del domingo, bajo una fina llovizna entre abrazos y sinceros deseos de
muy buena suerte.
Así largamos, nerviosos
y de muy buen ánimo, recorrimos los primeros kilómetros tratando de acomodarnos
al paso que debía ir cada uno sin perder la referencia de los compañeros que
tendrían que estar cerca. La lluvia no cesaba y los cartelitos con los nombres
de cada uno iban cayendo y quedando en el asfalto como documento de haber
pasado por allí. En el rosedal nos esperaba un escuadrón de bicicletas con
nuestros asistentes que aguardaban nuestro paso. Cuando me encontré con Dante,
mi padrino de carrera, no pude más que reírme, tendrían que haberlo visto con
carita de desorientado debajo de esa gorrita tapado por un piloto gigante. Con
él también salió Alfred, que asistió a Julio y Carlitos Guerra, con look de ciclista,
acompañando a Inés.
En Avenida del
Libertador se nos sumaron Ale y Juan, que asistieron a Cecilia Ferreira y así
se completó el tandem que corrimos juntos y parejitos hasta el kilómetro 30. En
contraposición de lo que pasaba más atrás con Yiya, aquí éramos tres hombres
(Julio, Claudio y Luli) custodiando a una sola mujer, Cecilia. Recibimos el
cálido saludo de Nancy, la paraguaya, y seguimos nuestra marcha con un poquito
de retraso, pero tranquilos por saber que estábamos haciendo las cosas bien.
Recorrimos el bajo, la
zona del obelisco y Plaza de Mayo los cuatro siempre juntos con un ritmo un
poquito mejor, encontrando el paso que habíamos salido a hacer. A Inés la
teníamos siempre ahí adelante como indicándonos el camino. Llegamos a la Boca y
Julio le hizo la presentación del estadio a Ceci que no tenía ni idea de cómo
era la Bombonera. Después de recorrer esas callecitas tan
pintorescas salimos a la costa del rio y allí encontramos el arco de los 21 km
recorridos cuando promediábamos las 2 horas de carrera. A partir de ese momento
empezamos a ver con otros ojos a nuestros asistentes, queríamos saber dónde
estaban y si estaban pendientes de nosotros. Comenzábamos a necesitarlos. Hasta
ese momento todo había sido muy entretenido. Los asistentes nos fotografiaban y
nosotros continuábamos con la misma buena onda del principio, haciéndonos
chistes e hidratando en cadena: salía una botella de una bici, tomaba Ceci, se
la daba a Claudio que bebía y se la pasaba a Julio que hacía lo mismo y me la
entregaba para que hidratara y comenzara la vuelta otra vez hasta la bici, todo
muy prolijito, como ensayado.
Pasó la etapa de los
geles, Power, Push, Exceed- y por los residuos descubrimos que quienes iban más
adelante habían coincidido con nosotros en qué momento consumirlos. La
costanera sur se hizo larga, pero les anticipé a mis compañeros que tendría
apoyo logístico al salir de esa zona y con esa premisa en mente el aburrimiento
se pasó más rápido. Al entrar en Alicia Moreau de Justo les pedí a mis
compañeros corredores y asistentes que me ayudaran a encontrar a mis viejos que
había prometido estar presentes a pesar de la lluvia. Y no hizo falta mucho
esfuerzo para verlos. Con enormes carteles sobresalían de la multitud “Vamos
Luli” y “Fuerza Luli” mientras gritaban con alegría y emoción inocultables sus
diez segundos de aliento al verme pasar. Pero mi viejo no se resignó a tener
solamente diez segundos para mí después de haberme esperado más de una hora, y
con paraguas en mano y cartel en la otra, me acompañó corriendo cien metros,
mientras Dante nos sacaba fotos desde la bici y todos alrededor, corredores y
público, aplaudían y vitoreaban el gesto. Un momento muy emocionante e
inolvidable. Terminado el momento de gloria de “Don López” como le gritaban de
todos lados, seguimos corriendo impulsados por el envión
anímico que nos había dado el encuentro, no sólo a mí sino también a mis
tres compañeritos. Y cuando ya volvíamos a la normalidad y nos relajábamos de
aquél encuentro nos avisan “Familia Ferreira a la derecha” y allí estaban los
Ferreira en pleno, alentando a Cecilia a toda voz y con muy buena onda, y nos
prendimos todos en el aliento y nos hicimos cargo también de los aplausos.
Festejo por aquí, festejo por allá, el recorrido por Puerto Madero fue muy
emocionante.
Pero se terminó Puerto
Madero, se terminó el festejo, y comenzaron a terminarse también mis piernas.
El kilómetro 30 se hizo presente y el fantasma del “muro” estaba rondando la
zona del puerto, tanto que hasta me asusté viendo a una chica con un piloto
negro hasta el piso con la capucha puesta y mirando el suelo, sólo le faltaba
la guadaña, pero cuando levantó la vista supe que no era y seguí aunque mis
compañeros de carrera comenzaban a alejarse de a poquito.
Comenzaba a necesitar de mi
asistente más que nunca y justo en ese momento no lo encontré. Nunca supe dónde
estaba Dante en ese momento y allí apareció Juan Parano primero y Ale Clarizza
después para socorrerme con un repugnante Power Gel de vainilla que apenas pude probar. Al rato apareció el tano y se puso al lado
mío, como Sancho Panza, hasta el final.
Lo que sucedió desde el
kilómetro 30 hasta el puente Labruna fue un poco monótono y aburrido. Mis
compañeros se habían distanciado definitivamente y yo ya había decidido
mantener un ritmo lento para evitar acalambrarme en los kilómetros finales.
Lamenté perder el contacto con Ceci, Claudio y Julio, pero seguir su paso
hubiera significado arriesgar la seguridad de mi llegada y la frustración por
no haber podido conseguir el logro para el que entrené durante cuatro meses
hubiera sido muy grande.
Así, con la situación
resuelta en mi cabeza, continué trotando y tratando que mis piernas tuvieran
también todo controlado. El recorrido por Aeroparque se hizo infinitamente más
largo que el que hacíamos en el fondo de los domingos y la Ciudad Universitaria
parecía que la hubieran agrandado el sábado a la noche, no se terminaba más.
Pero por suerte tenía siempre a mi lado a Dante, que me alentaba y mentía
alevosamente aprovechándose de mi falta de respuesta. “Estás haciendo un
carrerón”, “qué buen ritmo que llevás, vieja”, “dale que ya llega el 39 y
terminás” mientras hablaba por celular a Marga, mi mujer, que me esperaba en
River viendo como iban llegando todos los Correrayuda.
Así ví pasar a Hugo
Elías, de muy buen humor como siempre, y a mi compañero de fonditos domingueros
Carlos Selener y la sensación que tuve fue de satisfacción de saber que les
estaba yendo tan bien, independientemente de saber que yo debería estar delante
de ellos, y con esto quiero significar lo que dije al comienzo, el espíritu de
equipo no era competitivo sino representativo de un gran grupo como lo es
Correrayuda.
Resultaba difícil no
impacientarse por llegar, pero algunas contracturas pasajeras volvían a llamar
la atención y a hacerme mantener la calma. Con el puente Labruna a pocos metros
disminuía la fuerza física pero se agrandaba la emocional. El tano me acompañó
también en el puente hasta que el espíritu Banchero se apoderó de mí y Pablo
Salgado corriendo hacia atrás logró que terminara la subida. Dante se despidió
como un grande y me dejó solito en la bajada para que terminara o me
desbarrancara hasta el final. Pero allí apareció Gastón Velásquez y Dalma con
sus ensordecedores gritos de aliento y la arenga pública para que me alienten,
y la gente que respondía al grito de “Vamos Luli!”, increíble.
Dalmita y Gastón
parecían los anfitriones de un programa de TV. Me condujeron hacia la entrada
al estadio anticipándome cuánto faltaba y hacia dónde debía ir. En la puerta
otro grupo de amigos entusiastas entre los que distinguí a Mariana, Gabriela,
el poio Sequeira vivaban mi nombre como si fuera primero. Llegué a la pista de
atletismo del estadio y la sensación de correr sobre esos andariveles naranjas,
que me conducían a la gloria final del arco de llegada, fue indescriptible.
Traté de alejarme un poquito del grupo de corredores que me antecedía para ser
más fácil de visualizar por quienes me esperaban, me saqué la gorra para que me
reconocieran y comencé a elevar mis brazos al cielo en agradecimiento y como
señal de victoria metros antes de la línea final.
Con ojos vidriosos
descubrí rápidamente las sonrisas de Marga, Perotti, Vero, Laura, Nati y de
repente apareció Lucía, mi hija menor, que me tomó de la mano y me acompañó los
pocos metros finales. Con la fuerza que solamente me pudo haber dado la emoción
y el amor por ella, la alcé y le dí el beso más fuerte que haya recibido en los
últimos tiempos. En él iba todo mi agradecimiento hacia todos y cada uno de los
que hicieron posible que haya conseguido alcanzar este gran logro, un sueño
cumplido.
Gracias a todo Correrayuda.
Y algunas menciones especiales sin
desmerecer a nadie:
A Marcelo Perotti y Vero, por
prepararnos para cumplir este sueño y hacernos sentir campeones a todos por
igual.
A Dante por acompañarme
incondicionalmente y poder contar con él cuando más lo precisé.
A Claudio Quesada porque aunque no
llegamos juntos estuvimos conectados desde el primer entrenamiento.
A Keko porque siempre estoy con él,
aunque no tenga remera con su nombre lo llevo tatuado mucho más adentro.
A
Cecilia, a Julio, a Martín, a Inés y a todos quienes compartieron algunos
kilómetros de este desafío a mi lado.
A
mi familia que fue gran protagonista de esta historia.
A
Atilio por proponer un brindis de agradecimiento a todos los asistentes.
A
todos los que se pusieron los cartelitos aunque les hayan durado 500 metros
(tengo copias)
Gracias
Luli