ATLETISMO: MARATON
Sueño de 42 km

El periodista Víctor Pochat cumplió el deseo de toda su vida. Lo seguimos y te contamos cómo fue.



ERNESTO RODRIGUEZ III erodriguez@ole.com.ar


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Con el Obelisco de fondo, Víctor va sin que importe la lluvia.



Ayer hubo 3.500 historias recorriendo las calles porteñas bajo la lluvia, en el Maratón de la Ciudad. Esta es la de Víctor Pochat, colega de ESPN que a los 34 años cumplió el sueño de su vida: correr los 42,195 km. Olé siguió con él la carrera, para sentir lo que vive un competidor.

Víctor tenía una deuda consigo. Hace tiempo anunció que iba a cobrársela. Contaba con su esposa Alejandrina —con experiencia en carrera de aventuras— de chaperona. Fueron más de tres meses de entrenamiento con el grupo que comanda Marcelo Perotti para llegar OK a la largada en la puerta de River.

La primera mitad fue para los libros: pasó como un rayo por Palermo, atravesó sin problemas el centro y dejó La Boca —mitad de la competencia— en el tiempo planeado (1h50m48s). "Vengo bien", nos decía cada tanto. Como todo el pelotón, aguantaba el agua, peleaba con los charcos, se hidrataba, comía fruta y, sobre todo, avanzaba.

Atrás quedó Puerto Madero y las cosas se pusieron oscuras. En Dársena F, algo no andaba bien en el cuerpo de Víctor. Con Alejandrina nos multiplicamos dándole gel energético y bebidas isotónicas, cuidándole el paso y pidiéndole que no aflojara. "Sentí que se acababa todo", reconoció después. Pero siguió.

Mágicamente en la Costanera —donde esperábamos lo más duro del recorrido— rearmó el paso y comenzó a pasar gente, pese al viento cruzado; llegar a River era posible. Igual, Ciudad Universitaria fue casi un parto. ¡Y faltaba el puente Labruna! Cuando encaró la rampa, la música que explotaba en el Monumental le dio adrenalina extra.

Todavía faltaba el shock de entrar a la pista por el túnel Delfo Cabrera. "Venís en la oscuridad y, de golpe, te estalla el estadio frente a los ojos. Es magia". Cuando Víctor paró el cronómetro, el visor marcaba 3h54m24s. Su mujer lo recibió con un beso inolvidable. El repetía: "Me duele todo" y "No lo puedo creer". El sol salió un ratito. Más no se podía pedir.