Fotos Jorge Otamendi
DESERT
TRAIL, FIAMBALÁ, CATAMARCA
14 Y 15 DE
JUNIO 2008
Mes de junio de un año atípico, un 2008 con el país convulsionado, rutas cortadas, escasez de alimentos, combustible, ánimos agitados y un grupo de fanáticos corriendo detrás de más aventuras.
Diego, Rafa, Mona, Pato, mi compañero, yo, el mate y la torta loca, los bolsos, la carpa y los tres bidones de gasoil partimos hacia Fiambalá. Dos objetivos a alcanzar: sortear los piquetes y mantener la aguja del tanque en un nivel aceptable. Contrariamente a todos los pronósticos, el primero resulta ser el más sencillo. Para conseguir el segundo tenemos que resignar ciertas pretensiones: olvidarnos de marcas y acreditaciones de calidad y aceptar cuanto combustible sale de los surtidores.
Ya estamos cerca, entramos a Catamarca. Provincia inhóspita…rutas eternas, pueblos aislados, cordillera a lo lejos, un sol increíble en el inicio del invierno. Después de unas cuantas horas logramos llegar a Fiambalá con la última luz de la tarde. Lástima que nuestras bicis no corren igual suerte: después de unos cuantos llamados confirmamos que el camión de la organización que las trae está varado en Rosario desde hace casi un día. Somos unos 10 ó 15 los que estamos a pata. Pero son unos 100 los que desistieron de esta aventura en el camino. País extraño; con semejantes montañas y olivares eternos. Con lo que le cuesta a cada uno estar acá… pero estamos viajando, conociendo, aprendiendo…
Nos levantamos el sábado temprano para ir a la largada en Saujil. Detenemos las agujas del reloj mientras el sol empieza a calentar nuestras manos para hacer tiempo a que lleguen las bicis. El trato es justo: largamos con 20km de running por las dunas para volver al punto de partida. Si el camión llega para ese entonces, podemos largarnos a rodar.
Empieza la carrera, corremos por las callecitas de Saujil, que se terminan a las pocas cuadras, en lo que pareciera la entrada al desierto, un desierto que se pierde en las montañas. Avanzamos por la arena siempre en subida, las piernas pesan, cruzamos un río con apenas un rastro de agua, trepamos las dunas ayudándonos con las manos. El sol es fuerte, la arena caliente, pero hundimos los dedos y se siente helada. Una vez a la mitad del recorrido emprendemos la vuelta, en bajada, nos deslizamos por las dunas como en un tobogán. Después de tres horas vemos la primera casita rosada pegada al desierto. Llegamos al punto de partida. La cara de Max nos dice todo: no hay noticias de nuestras bicicletas. Ninguno se queja, el cansancio se siente. Qué pena… qué suerte, qué mala suerte…
Tomamos algo fresco, estiramos, nos juntamos todos igual que en el viaje de ida, nos subimos al auto y vamos a conocer las famosas termas ubicadas al reparo entre las montañas. Llegamos mientras unos músicos cantan folklore y enseguida nos invitan a sumarnos al festejo con locro y vino. Delicioso. País extraño, con semejantes manjares…
Después de unos baños relajantes en las termas, llegan las bicis, armamos todo para el día siguiente y nos vamos a dormir a lo de Doña Pocha. Más tarde nos enteraríamos que los últimos en completar la primera etapa llegaron pasadas las 10 de la noche.
El domingo largamos rodando en bajada desde las termas. A casi 50 km por hora el frío de la mañana se hace mortal. A los pocos kilómetros entraríamos en calor con una subida de cara al sol por la ruta para luego tomar un camino de piedras como cortadas con cuchillo que nos lleva hasta unas minas abandonadas. Ahí empieza el running en subida por el lecho de un río encajonado de fondo arenoso; ida y vuelta.
Nos subimos de nuevo a la bici y rodamos hasta el famoso camino de los postes que no eran ni más ni menos que postes en el medio del desierto absoluto. Arena, pinches, piedras, chiquitas y no tanto, más arena, la cordillera detrás de nosotros y la nada por adelante. Cielo celeste. Nunca me sentí tan chiquita. Después de unas cuantas caídas y de enterrar la rueda otras tantas veces, estamos resignados a caminar todo el trayecto cuando nos alcanza otro corredor pedaleando y nos dice: “desinflen un poco las ruedas”. No logro entenderlo, tantos kilómetros recorridos entre pasadas y fondos y tan poca experiencia: otra vez me siento chiquita. Nos subimos a la bici y al fin logramos avanzar. Ahí entramos en un cañadón laberíntico de 10 km y después de un par de curvas nos parece estar viviendo un déjà vu. Por último un tramo final de tierra y arena y salimos a la ruta para desembocar en la plaza de Fiambalá repleta de gente que nos aplaude. ¡Lo logramos! Llegada extraña: contentos pero no tanto, corrimos pero no todo, viajamos, conocimos, aprendimos…
Viaje distinto. Cuarenta, quizás cincuenta corredores dispersos en la inmensidad de un desierto. Tengo la sensación de haber corrido totalmente solos, pero recuerdo las caras de todos nosotros en el medio de la carrera. Sinceramente no me acuerdo de haber emprendido una aventura en equipo de casi 3000 kilómetros semejante a esta. País inmenso.
Alejandrina
Equipo
mixto, Los zorros del desierto: Pato Rolfo y yo