Swamp experience, Esteros del Iberá, Corrientes

11 y 12 de Agosto de 2007

 

Momentos gloriosamente desopilantes

 

Algunos son los momentos de gloria que nos ofrece la vida, muchos más los desopilantes. Lo extraño o casi imposible, es lograr una combinación de ambos que resulte explosiva en apenas 48 horas:

- “¿En qué lugar de Misiones corremos?”

- “¿Misiones?, no la carrera es en los esteros de Iberá, Corrientes”

- “Pero ¿cómo?, yo avisé en el trabajo que me iba a Misiones” - en ese momento me di cuenta que más allá de toda planificación, llegar a la meta es sólo cuestión de disfrutar.

Inmediatamente Gago, Silvina, mi compañero de aventura Fernando y yo subimos a los autos y nos pusimos en marcha.

Entre mate y mate, el reloj fue avanzando y el viaje se hizo más largo de lo que esperábamos. Así que intentamos recuperar el tiempo a través de nuestra corresponsal en Iberá, Nati: mientras algunos preguntábamos detalles de la charla técnica como los kilómetros exactos del recorrido, la ubicación de los puestos de control, de los parques cerrados, las paradas obligatorias; otros preguntaban “¿Hay que llevar comida durante la carrera? ¿Nosotros compramos dos turrones, alcanzará para dos días?”

El sábado a la mañana llegamos a la Colonia Carlos Pellegrini, al borde de la laguna Iberá, invadida de esteros, verde, fresca, colorada. Pasado el mediodía aterrizamos en el puesto de control de los elementos obligatorios previo a la largada: baliza, casco, caramañola, luz frontal, encendedor, silbato, sales de hidratación, la lista era interminable:

- “¿Luz frontal había que traer? ¿Para qué?”

- “¿Qué hacés si te agarra la noche en la carrera? ¿No miraste en Internet la lista de cosas que había que traer?”

- “Sí, yo traje todo, pero lo dejé en la cabaña, no sabía que iban a controlarlo. ¿Qué hago? ¿Voy a buscarlo?”

A las dos de la tarde escuchábamos los tan ansiados “diez, nueve, ocho…”: las remeras azules con el yacaré vigilando largamos rumbo a la costa y nos subimos a los kayaks después de los primeros dos kilómetros. Ya eran muchos los corredores que mi compañero y yo teníamos adelante, nada nuevo bajo el sol de Iberá.

Bajamos a la laguna, nuestros remos amarillos se pusieron en marcha y con las primeras paladas llegaron los aires de gloria. ¡Qué momento! Nuestro bote avanzaba dejando atrás a otros tantos. La emoción nos quedaba inmensa: por primera vez en mi vida aventurera podía contar con los dedos de una mano los botes que flotaban adelante nuestro, por primera vez casi nos perdemos al bajar a tierra firme por no tener a quién seguir – problemas de punteros principiantes – y por primera vez la gente nos alentaba en el parque cerrado de bicis con un "¡Vamos, vamos, vienen bien! ¡Tienen dos equipos adelante!". Las cámaras nos persiguen. Estoy tan nerviosa que apenas puedo ajustarme las zapatillas. Miro de reojo y me pregunto: ¿reconocerán mi cara en la tele debajo del casco? Por un segundo estoy tentada de peinarme. Irrepetible, emocionante, glorioso, memorable… tengo que seguir corriendo, pero ¡qué ganas de parar el cronómetro justo en este instante!

Subimos a la bici para recorrer las calles de la Colonia y recibir los primeros alientos lugareños desde las veredas. En la siguiente parada, volvimos a poner los pies sobre la tierra, corrimos, transpiramos, nos empantanamos, nos defendimos tratando de estirar los minutos de gloria, aunque sabíamos que el final estaba escrito. De vuelta a los pedales nos sobraban fuerzas hasta que empezamos a rodar por una huella angosta sobre un terraplén, nos caímos, nos levantamos, nos caímos. ¡Momento para el olvido! Irremediablemente el lento correr de los kilómetros nos hizo ir perdiendo el protagonismo ganado sobre nuestro barquito amarillo y volver a nuestra realidad de pelotón. “¡Vamos chicos, ánimo, están cerca de la llegada!”, nos gritaban las pocas voces que quedaban a esas horas de la noche en el pueblo, esta vez con frío, cansancio, penas, olvidos, glorias y recuerdos increíbles.

La mañana del domingo nos recibió con media maratón por los esteros: “¿Cómo es? ¿Teros? ¿Esperos?”  Estero: terreno bajo pantanoso, intransitable, que suele llenarse de agua por la lluvia o por la filtración de un río o laguna cercana, y que abunda en plantas acuáticas, dice la Real Academia Española. ¿Habrá quedado claro a esta altura o corremos de nuevo? Sobre un terreno irregular dominado por pisadas de vacas, barro hasta la rodilla y quién sabe qué bajo nuestros pies anduvimos las 3 horas más largas de todas mis carreras. Finalmente llegamos al parque cerrado donde nos esperaba nuestro querido kayak amarillo. Si bien los 4 kilómetros no nos devolvieron la gloria pasada, al menos recobramos la energía y el entusiasmo y la voz de ¡IUPI! volvió a sonar en el aire.

La parada obligatoria fue un oasis en el medio del pantano: obligadas palmeras; un gato montés bebé; amigos; provisiones; risas. Logramos recuperarnos antes de subir a nuestras bicis y atravesar una vez más las calles del pueblo con rumbo desconocido: rogué en silencio que si bien el tiempo no nos iba a devolver aquellos momentos gloriosos, ¡al menos no nos devolviera otra vez al terraplén! Con Fernando comandando la expedición pedaleamos por caminos de arena, sin pausa y con algo de prisa. Una vez sobre el ripio sumamos a otros legionarios, nos sumamos al viento, restamos kilómetros. Cuando menos lo esperábamos cruzamos por última vez ese puente de tablones flojos que delataban nuestro paso y nos encontramos a 500 metros del momento con el que todos soñamos a la hora de la largada y lloramos en la llegada: ¡IUUUUUUUUUUUUUPI!

 

Alejandrina

Equipo mixto, CorrerAyuda IUPI