Circuito Nike Miramar 06

por Delia Irouleguy

 

No es solo correr. También hay que pensar”

                                   Marcelo Perotti

 

La carrera había terminado. Ya no había más arena en los pies, y Pamela tenía una frase para hacer pensar:

“Después de haber logrado esta carrera con tanto viento y arena, podemos superar cualquier cosa”.

 

“Vamos a almorzar, son las 13:30: Adriana ya llegó y Marcelo Bonessi durmió la siesta”. Antes, hice la caminata regenerativa hasta el lugar para ver si encontraba a Marcelo Perotti y devolver lo que no era mío. A la ida, me encontré con Vale y Dani. El varoncito orgulloso de que su principesa lo había esperado muerta de frío. Atrás venía Regi, en soledad. No había conocido a nadie. Al llegar, todo era viento y arena. En el balneario HR, a la altura del Arco General San Martín, a esa hora, era un balneario fantasma: sólo   quedaban los arcos. Sólo fuimos testigos Pablo y yo. Él esperaba a una mochila o a una camioneta que se había ido a Mar del Plata. Muerto de frío, fue auxiliado por un auto donde estaba el legendario Yiya. En el camino al hotel, camionetas de Nike que se iban y Mario que venía a buscar a Pablo que supuestamente estaba esperando la mochila o la camioneta que se había ido a Mar del Plata. En el hotel no se vivía clima de fiesta. Caras ojerosas, anécdotas de golpes, habíamos perdido la Copa Davis, el viaje de egresados se terminaba. Sólo algunos se rieron cuando Alejandrina contó la pregunta insólita que le hizo a uno de los que andaban en cuadriciclo. “¿Sabés como va Nalbandian?

En el sillón, Ariel y Carlos: los primeros valientes en llegar al hotel y bañarse. Los había encontrado mientras estiraba para esperar a alguien que supiera el camino al hotel. Ya no podía pensar por el frío. Tiritaba. Tal era así que cuando llegué y llamé a Juan Currado (que casi lo confundo con Cortinez, por el pañuelo, la velocidad y, seguramente, el querer ganarse la camioneta) y a su pandilla para ver si sabían a dónde estaban los demás (pensando que ya habían llegado) se apiadaron de mí. No solo había perdido el sentido de orientación, sino también del tiempo y del espacio. Y creo que se dieron cuenta. Alejandro me prestó la campera de la “competencia” (acto terrible de generosidad en ese momento tan crítico). Zafé de enfermarme. Lo podría haber evitado si me hubiera acordado de los consejos Perotti cuando armé el bolso (léase, si hubiera pensado).

En realidad, el mayor esfuerzo de pensar lo tuve que hacer cuando me pidieron los datos en la llegada. Dudé al decir la edad, obviamente fue por el cansancio. Es que después de salir del vivero, los masajes en los pies por el asfalto, la escalinata, todo se sucedía muy rápidamente. Alucinaciones: El Cristo Redentor, la cámara que filmaba los pies. Tagle que aparecía y desaparecía y aparecía en otro lugar como si nada. Matemáticas a full. La hipotenusa me iba a ayudar a acercarme al grupo de adelante.

“Ellos que sigan la rambla. Yo así los tengo que alcanzar. Qué bueno. Qué malo. Escollera, se alejan. Arena, los alcanzo. Escollera, se alejan.” Multiplíquenlo por 5. Igual Marcelo esperando en ese lugar estratégico ayudaba. Dicen que estaba con la cámara. Yo solo escuchaba voces e imaginaba a personas que todavía venían corriendo. Tenía visiones. Y pensaba: “Uno, dos, uno, dos, corro, corro, corro, corro, arco de llegada”.

“Entro a un contratiempo, corro, corro, corro, corro, hago siete giros, me incorporo, con un elegante souplesse sauté, pique pirouette, corro, corro, corro, corro, un giro, dos, tres,”

La publicidad, que había causado gracia dos horas antes, en realidad, me ayudó toda la carrera. Lo pensé cuando pasé a una chica que en la arena otras mujeres me preguntaban cómo era posible que fuese tan adelante. La respuesta del millón. Ella tenía fuerza en las piernas. No era mi caso. Igualmente, estaba en el último tramo de la carrera. Ya habíamos pasado el puesto de hidratación (hidra= agua), es decir, km 18 ya hacía 1:54:57 (empezaba a rasguñar 6:20 el kilómetro) que venía corriendo y las estrategias de Marcelo se usaban a raja tabla. Curva, banderillero, curva, banderillero: matemática y física en todo momento. Un banderillero que grita: “vamos, remolones”. Enojada, le respondo “Así a nadie le va a dar más ganas de correr”. Me pregunta:“vamos atletas, ¿te gusta más?” Sí, eso  es  mejor.

 Cuando se podía, me subía a lo verde para que la arena no me tragara. A ver si se tomaba revancha por toda la arena que yo había tragado antes en la playa. En el medio, una cámara prendida. Le pregunto al camarógrafo: ¿No viste un poco de arena? Al menos él se rió un ratito, y yo, me olvidé que estaba corriendo.

¿Arena? ¿Dije arena? ¡Qué bueno que era cuando desaparecía! Lo viví dos veces:    -La primera, después del kilómetro 12, es decir 1:21:40 (el promedio de 6 por kilómetro se lo había llevado el viento, la arena y el agua) ¡Aleluya, llegó el puesto de hidratación! No tenía sed, pero quería restar kilómetros. Tagle que daba ánimo y la gente que lo felicitaba por el circuito. ¡Wow! ¿por qué le mienten? De pronto miré para atrás y supe por qué lo decían. No tengo que olvidarme este paisaje. Atrás y a la derecha se veía la vegetación que parecía esfumarse sobre la arena y el agua que corría con furia. Impresionante. Valía la pena perder unos segundos y admirar la naturaleza a la que se referían en la charla el día anterior. De pronto, me desperté, parecía que el camino se terminaba. Una bajada abrupta que daba envión para otra subida y bajada nuevamente. Algunos se caían, otros ayudaban a levantarlos. Te daba fuerza para seguir. No estoy sola. Corremos.

- La segunda, el bosque oscuro, tenebroso, mágico. Alcanzo a uno y me distraigo. Guardá esta imagen”. Me dice:“se parece a Los Andes”. Le creo, imagino y sigo. Era la excusa perfecta para pensar en otra cosa. (Si hubiera sido Vale, habría imaginado algo distinto en el lugar: “vení. Vamos a conocerlo” ).

Igual la arena prevalecía. Y la toqué con las manos cuando subimos el médano en curvilínea y aparecía como una lagunita. ¡Qué expectativas de encontrar el bosque! Uh, pum, puff! Por mirar para adelante, me olvidé de levantar los pies, caí. Menos mal que el de atrás, por verme caer, también se cayó. Nos reímos y me levantó. Al menos habíamos sido dos. Mal de muchos... Le agregaba diversión y un cortecito a la carrera. De ahí en más, un camino se habría al costado de los árboles. Estaba buenísimo. Era el momento de acelerar en bajada y con ¡arena firme!! Pipa en el piso, alambre que saltar. Había que pensar cómo levantar los pies. Just do it. Después, alambrado, a treparlo sin pincharse. La de la organización ayudaba a los hombres. No era tonta.  Imposible de olvidar ese camino. Trocha Angosta: Viento, dile a la lluvia. Miraba y pisaba. Pisaba y miraba. Los tobillos se quejaban pero era mejor no escucharlos. El alambrado y la paja vizcachera me recordaban mis primeras carreras de aventura en Tandil (El espíritu de los Dioses). Espero que los dioses me ayuden esta vez a pasar por este camino tan finito sin lesionarme. Fila india hasta poder pasar a alguien. Ahora! No fue el mejor momento. Paso a la izquierda, estiro pierna derecha, y el banderillero grita: “¡cuidado, pozo!” Me quedó la sensación de volar, no sé ni cómo ni con qué pero lo salté y seguí.

No podía creer que estuviera por ahí, cuando una hora antes me imaginaba abandonando, minutos después de la largada. Tres, dos, uno. Derecha o izquierda? Derecha. Ya hay que evitar un arroyo. Sin saber lo que vendría luego. Lástima que no pude evitarlo. Encima los que habían elegido izquierda, ya iban 200 metros adelante. Ellos pensaron en serio. Salto arroyo, piso agua y llega la bienvenida de la arena, compañera fiel. Comienzo a “correr” (sólo el intento). Las piernas no respondían, se revelaban por no haber hecho trabajos de fuerza, escalinatas, cuestas, lo que fuera. Creo que el trabajo en el arenero el fin de semana anterior no fue suficiente. No voy a poder lograr todos estos kilómetros así. Las palabras de la charla previa (“Es una carrera muy dura”) me tiraban aún más para atrás. Pero bueno, la mente podía más y el “corro, corro, corro, corro” comenzaba a funcionar como estandarte. Llegué, casi gateando, a hacer los 2 kilómetros de arena blanda (premonitorio cuando con Alejandro hicimos la gran Vale y hablamos frente a la cámara), escalinatas (Según Pame: “No podía creer que algunos las subieran caminando”) ¡Ejem! Y después los 3 kilómetros de asfalto, la lucha contra el viento y la falta de refugio, hidratación en el kilómetro 5. El crono marcaba 29’ (¡gracias arena!) Con este tiempo voy a tardar 2:10:00. 6 minutos por kilómetro. Lo importante es no abandonar. Tiro el vasito bien cerca para cuidar el medio ambiente y comienzo nuevamente con mi trote de canguro. Era increíble sentir el viento en la cara (“Si Belén no me hubiera dicho de llevar los lentes, no habría podido correrla”, dijo Carlos), empujaba hacia atrás, muy atrás. Sentía la arena que me picaba en las piernas (es decir en el 70% de mi cuerpo) Y, por supuesto, la inteligencia de la supervivencia al acecho. Me coloco detrás del grupete, al lado del gordito, los paso por la derecha. Toda una movida para evitar el viento que castigaba. Bajada, subida, viento, bajada, subida, viento. Ya corría de costado y me pasaban y me pasaban. Bueno, al menos la arena en los ojos evitaba que viera la cantidad exacta de corredores que me pasaban. Por ahí, una calza azul con naranja, o escuchaba “vamos, Delia”, pasaba Pablo, Germán (¡Gente conocida, qué bueno! ¿Son ellos? Son unos genios). De tanto en tanto, abría los ojos bien grandes para admirar el paisaje que íbamos a dejar atrás sólo con esfuerzo y nada más que esfuerzo. Al fin de cuentas, para algo me tenía que servir el entrenamiento de la mente en la maratón. Y seguía “corro, corro, corro, corro”. De tanto en tanto, conversaba con algunos para que no se hiciera tan largo, jugaba a mojarme los pies (¿otros lo estarán haciendo?), Mejor voy  por arriba en diagonal y trato de no dejar huellas. Veo pisadas en forma de p ¿serán de Perotti, Pedro, Peralta, Pablo, Palacio, Perez Barrio, Pamela, Pasquette? Y así seguía sin abandonar. Para adelante, aunque pensara que iba para atrás. Me di cuenta que la mente era esencial para avanzar y no quedarse en el intento. Había que pensar, pero también distraerse y disfrutar.

Después de todo, Juan tenía razón:

“Viento, todo bien. Subida, todo bien. Arena, todo bien. Pero todo junto, nooo.”

Y tres días después, todavía sigo para atrás. Largamos. “Uno, dos ,tres, cuatro,....diez. Suerte. Suerte. Suerte a todos. Vamos Correr Ayuda”.

           

Miramar, última etapa de Circuito Nike 2006, 3 de diciembre, 9:30 AM.